Los cada vez más comunes y ubicuos dispositivos electrónicos tienen consecuencias ambientales y sociales a menudo invisibles y desconocidas. La problemática se da durante todo el ciclo de vida, siendo éste más perjudicial que el de la mayoría de productos de consumo. Consumir y vivir contra esta tendencia exponencial de «electronización social», cuyos límites desconocemos se hace enormemente complejo. No obstante, una mirada con mayor detenimiento nos muestra que sí hay cosas que podemos hacer.

Trozo de coltán. Foto: Rob Lavinsky / iRocks.com via Wikimedia commons

Desde la entrada de siglo el consumo de dispositivos electrónicos se ha venido disparando. Asistimos a un incremento presumiblemente exponencial de este sector de mercado, del que todavía no conocemos techo, a pesar de que existen muchos límites sociales y ambientales que no estamos teniendo en cuenta.

Si echamos un vistazo a nivel doméstico, encontramos que, en comparación con los 90, seguimos escuchando música, viendo cine y televisión, escuchando la radio y navegando por internet. Solo que ahora, en lugar de seis o siete aparatos diferentes de considerable tamaño, utilizamos la mayoría de las veces un dispositivo para todo, que cabe en la palma de la mano.

¿Como hemos hecho, entonces, para comprar cada vez más aparatos? La respuesta es múltiple: por un lado, hemos pasado de usar uno o dos dispositivos de cada tipo por hogar, a usar uno o varios por persona; por otro, tenemos múltiples aparatos con funciones que se solapan (es común el triplete teléfono-tablet-ordenador); pero lo más importante de todo es que hemos reducido el período de vida útil de los aparatos.

¿Cómo es posible que ocurra ésto último? A estas alturas ya no descubrimos nada hablando de obsolescencia, ya sea ésta introducida deliberadamente en el diseño de los aparatos, para incrementar el consumo; o asociada a procesos de ingeniería social: hacernos creer que nuestra tecnología se ha quedado anticuada. Pero el objetivo de este artículo no son las causas de la obsolescencia, sino sus consecuencias. Y es que los productos electrónicos tienen fuertes implicaciones sociales y ambientales a lo largo de todo su ciclo de vida.

La extracción de materiales

El componente más controvertido de la electrónica, sin duda, es el coltán. Se trata de un compuesto mineral, formado por columbita y tantalita, del que se puede aislar el tántalo. ¿Por qué es tan valioso este compuesto? Para responder a esta pregunta tenemos que abordar el problema del tamaño en la electrónica: cuanto más pequeños son los componentes, más se calientan. El tántalo genera menos calor, por lo que permite reducir el tamaño de los componentes electrónicos (mayormente condensadores y baterías).

Gran parte del coltán que se extrae procede de la República Democrática del Congo, donde este mineral está asociado a explotación infantil y condiciones de trabajo que en ocasiones se comparan con las de la fiebre del oro en el oeste de los EEUU. Además, existen conflictos bélicos, con torturas y violaciones de mújeres asociadas, que se relacionan con el control de las minas, para sufragar los diferentes ejércitos. Por último, y no menos importante, las minas provocan un fuerte impacto ambiental, estando muchas de ellas ubicadas en históricas reservas de gorilas de montaña.

No obstante, aunque siempre hablamos de coltán, según un estudio de Fairphone en asociación con The Dragonfly Initiative (centrado en los teléfonos móviles), existen al menos 38 materiales implicados en el proceso de fabricación susceptibles de impacto social o ambiental.

Impacto de 38 componentes presentes en un teléfono movil en base a 14 criterios ambietnales y sociales (pinchar para ampliar). Fuente: Fairphone / Dragonfly

La fabricación y el ensamblaje

La práctica totalidad de los componentes electrónicos se fabrican y ensamblan en China. Esto se debe a que ofrece tiempos de entrega y precios con los que es muy difícil competir. Pero tras estas ventajas se esconde, como es de esperar, una externalización de costes que es sostenida por las personas trabajadoras: jornadas de trabajo inhumanas, salarios irrisorios, y una prevención de riesgos para la salud deficiente, o en muchas ocasiones inexistente. Sin embargo, los que manejamos son sólo algunos de los impactos, debido a la opacidad imperante en el sector.

El transporte

Ya hemos dicho que en la fabricación de un aparato electrónico intervienen, al menos, cerca de 40 materiales distintos. Todo ellos son transportados al los lugares de fabricación de los componentes, y de ahí los componentes son enviados al lugar de ensamblaje (como hemos dicho, China). Desde ahí son devueltos a las marcas y empieza la cadena de distribución.

Como se puede apreciar, los productos electrónicos están ligados a una de las cadenas de transporte más complejas del comercio mundial, que se extiende a lo largo de todo el ciclo de vida (incluso tras el descarte, como veremos más adelante). Durante todo este proceso se generan, claro, las habituales emisiones de dióxido de carbono, con el consiguiente impacto ambiental.

El descarte y su gestión

Convencernos de que desechemos nuestros aparatos microelectrónicos es cada vez más sencillo, dado que la sensación de generación de residuos es mucho menor: el sentido común nos dice que es más ecológico descartar un pequeño aparatito que un tocadiscos, un televisor y una cámara polaroid todo de una vez. Nada más lejos de la realidad, pues reciclar, por ejemplo, un teléfono móvil, es mucho más complejo y difícil que todos los aparatos anteriores.

Sin embargo, esta falsa sensación de bajo impacto es un punto de partida que hace que convencernos de que compremos el nuevo modelo sea mucho más sencillo, bien por que ha aparecido uno con más prestaciones, bien porque el aspecto de nuestro aparato ya no está de moda. A esto sumamos, claro, que en ocasiones el descarte es impepinable, ya que hay otro tipo de obsolescencia que no se basa en la nuestra percepción, sino en el diseño de averías o las llamadas “bombas lógicas”, programadas para que nuestra electrónica deje de funcionar, sí o sí, tras un determinado período de tiempo.

Este incremento del ritmo de consumo hace que generemos mucha más basura electrónica. Una basura difícil de reciclar. Pero lo peor es que el descarte también se externaliza, pues estos aparatos se acaban acumulando justamente en el lugar del que provienen en origen. En ocasiones se realiza de manera abierta, y en otras bajo la excusa de que se envía material tecnológico para romper la brecha digital. Es así como los desechos electrónicos son enviados y acumulados en los países del sur global (mayormente en África). Materiales en ocasiones altamente contaminantes, con el consiguiente impacto ecológico y sobre la salud de las personas que habitan la zona.

A todo lo anterior tenemos que sumar que este descarte prematuro aumenta la presión ambiental y social en las fases de extracción, transporte y ensamblaje.

¿Cómo actuar ante esto? ¿Qué se está haciendo?

En ISF llevamos algunos años llamando la atención sobre este tema, y proponiendo soluciones en positivo. Todo ello conscientes de que se trata de una problemática muy compleja, sobre la que no es fácil incidir.

Algunas de las recomendaciones de nuestra campaña de Electrónica Ética son: valorar si realmente necesitas ese artículo que vas a comprar; presionar a las marcas, desechando aquellas que desarrollan peores prácticas, en contraposición a la simple elección de la marca más barata (en ocasiones el coste que tu no soportas repercute en otras personas o el medio ambiente); y si al final decides desechar un artículo obsoleto, regalarlo a alguien que lo vaya a utilizar, si aún funciona, y si no entregarlo en algún centro o lugar que se encargue del reciclaje.

Guia de compra de la campaña de Electrónica Ética de ISF (pinchar para ampliar)

No queremos concluir sin hacer una mención especial al proyecto Fairphone. Se trata, más allá de una marca de teléfonos, de todo un proyecto para visibilizar todo lo mencionado en este artículo, a la vez que trabajan en todas las parte del ciclo de vida: diseño para durar, búsqueda de minerales libres de conflicto, control de las condiciones laborales en el ensamblaje y elaboración de programas de reciclaje de dispositivos descartados.

No obstante, ni siquiera el Fairphone es 100% justo. Pero preocuparnos por buscar una opción algo más ética genera grandes sinergias, por ejemplo, llama la atención sobre la problemática, y la visibiliza. Además, nos permite aprender los entresijos del ciclo de vida, y nos hace más conscientes de nuestro impacto social y ambiental. Por último, genera un “desplazamiento del estandar”, en el sentido de que obliga, de algún modo, a otros fabricantes, a considerar en mayor o menor medida factores ambientales y sociales.

Como conclusión utilizaremos un lugar común en el consumo responsable: el la electrónica más ética es aquella que no compras, o como muchos dicen, la electrónica que ya usas y tienes en tus manos en tus manos. Y su impacto social y ambiental es cercano a cero.